Cuando la educación se convierte en arte y la profesión en maestría.

Hace unos meses leí en la revista del colegio en el que estudié, unas palabras que escribió otro antiguo alumno, dedicadas al que fue mi primer profesor de latín. Las hago mías y las suscribo:
“Enseñaba latín para mastuerzos. […] Era amable y exigente. Y con una paciencia sin límites. A pesar de eso se agarraba unas peloteras tremendas cuando -¡latín para mastuerzos! fallábamos clamorosamente en nuestras traducciones. “¡¡No entiendo nada!! ¡¡Yo, es que me subo por las paredes!!”, clamaba haciendo gestos de trepar por los muros. Nosotros nos partíamos de risa -con bastante prudencia- y, eso sí, nos afanábamos por acertar con ese lío tremebundo que eran las traducciones del latín al español.

Era un hombre respetado por todos los alumnos y por sus colegas. Un profesor al que se le veía la vocación por la enseñanza con sólo mirarle a los ojos. Uno de los grandes maestros: Alfonso es uno de ellos. Sé que es un maestro porque nada recuerdo de su asignatura pero guardo memoria imborrable de lo que de verdad enseñaba: esfuerzo, constancia, superación, precisión, exigencia, perfección. Él ya sabía que no enseñaba latín. Eso lo supo siempre. El latín no era más que una excusa para enseñar cosas valiosas. Por eso era indulgente con las traducciones e intransigente con el trabajo. Sé que veía en esos adolescentes que sudaban tinta china para descifrar a Ovidio, a los hombres que seríamos en el futuro. Y se partía la cara para darnos las claves que nos permitían descifrar la vida. Como hacen los maestros.

[…] Una vida dedicada cuarenta años a la enseñanza. […]

Y es que siempre pasa lo mismo. Las personas que de verdad enseñan, influyen positivamente y, por tanto, ayudan a forjar vidas y futuro, son así: que parece que no se enteran. Y no sé si se enteran, pero disimulan maravillosamente. Educan para que seamos personas, en la enorme acepción del término. A eso dedican la vida entera. Cuarenta años. Cientos, miles de alumnos. Decenas de vidas cambiadas. Y luego uno no puede ni darles las gracias, porque quedaría forzado. Pero la realidad es que un buen maestro es un privilegio, un regalo del Cielo. Y que cuando un profesor se dedica a educar más que a enseñar, a transmitir valores más que lanzar conceptos, a guiar a los jóvenes entendiendo cómo son y sabiendo hacia donde los debe guiar, cuando todo eso ocurre, la ciencia de la educación se convierte en arte, y la profesión en maestría.

[…] (termina con unas palabras de Alfonso) “-En esta vida hay pocos que se alegran sinceramente, sin envidias, de los éxitos de los alumnos. Unos son vuestros padres. Otros, vuestros profesores. Porque los triunfos de nuestros alumnos, son nuestros triunfos”.”

Anuncios

Una respuesta a “Cuando la educación se convierte en arte y la profesión en maestría.

  1. Bonas. Bravo por Alfonso y todos los Alfonsos que existen. Hacen poco ruido …o un poco, depende de la personalidad. Descubres que han pasado por tu vida cuando te acuerdas de ese consejo, de aquel ejemplo que se te quedó grabado en la memoria sin pretenderlo y te sirve para seguir tirando…un poco más. Los lecciones magistrales, los conceptos… se olvidan aunque sabes dónde encontrarlos… Sin embargo, las lecciones de vida … la excelencia en la forma de enfocarla, la musculatura que se hace fuerte a base de la amable exigencia del MAESTRO queda, deja poso. Y lo tomas cuando lo necesitas, cuando hay que tomar decisiones en conciencia, con coherencia. ¡Eso sí que vale! Y vale porque “sirve”.

    Precioso homenaje. Justo homenaje, Bonas. Y es de bien nacidos…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s